Poemas taurinos

La poesía taurina ha existido desde los orígenes de la lírica en el siglo XIV. Desde entonces los poetas han buscado la inspiración en la tauromaquia dejando tras de sí versos realmente memorables.

Este subgénero de la poesía alcanzó su plenitud a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, coincidiendo con la decadencia económica y la crisis del año 98. Esta situación, como ya sabemos, llevó a los poetas y literatos a reflexionar sobre la situación política, pero también les llevó a buscar la belleza en el mundo del toreo.

En este artículo hemos seleccionado algunos de los mejores poemas taurinos que se han escrito. Esperamos que los disfrutes y los compartas si te han gustado.

Los 5 Poemas Taurinos que Debes Conocer


¡Eh los toros!, de Rafael Alberti

Alberti pertenece a la generación del 27, la segunda época dorada de la literatura española. Siembre estuvo muy ligado al mundo taurino ya que mantenía amistad con muchos toreros. En este poema utiliza el mundo taurino como excusa para esculpir un poema ceñido al estilo vanguardista.

Toros rempujan, sin mando,
vientos de piedra, que muerden
muros y sombras de muros,
siglos de perfil y frente,
ojos de niños y hombres,
llantos, pechos de mujeres,
reposo de los difuntos,
sangre parada, corriente.

¡Eh, los toros! Brama el cielo,
temblando de cuernos verdes,
de latigazos, que espantan
a las estrellas que vienen,
que venían, cumplidoras,
no por dinero, a tenderse
en las almenas picadas,
en los ríos, por los céspedes.

Balumba negra, ¿hacia dónde,
sin rumbo, si nadie duerme,
si saltando pinta gritos
la sangre por las paredes?
¡Eh, los toros! No se sabe
de quién esta voz; si llueve
de lo alto, Norte -¡vida!-
si de lo bajo, Sur ─¡muerte!.


  La Cogida
(plaza de toros),
de Vicente de Aleixandre

El poeta sevillano fue premio Nobel de Literatura en el año 1977. Al igual que sus coetáneos, incluyó el universo y la mística de la tauromaquia en sus versos. En este poema utiliza una cogida en una plaza de toros como metáfora para contar una historia de amor. Toda una genialidad.

El beso
con su testuz de sueño
y seda, insiste,
oscuro, negro.
Se adensa
caliente, concreto,
herida adentro,
como un cuerpo de amor
entero
que arrasase y alzase
violento
su maravilloso
trofeo.
Sí, una masa de polvo
ciego,
y allí el secreto
beso,
sin que nadie lo vea,
envuelto
en el maravilloso velo
que la tarde de oro
enciende inmóvil en el estruendo
¡Oh perfectísimo silencio!

Beso ciego,
tremendo,
que la vida potente
enrisca contra el pequeño cuerpo,
mientras ella indemne en su terciopelo
salta de la nube de oro,
bulto poderoso de negro,
imponente majestad que ha emergido
elevando la testuz hacia un reino.
Hermosa, luna, toro
del amor ciego
que ensalza como contra el cielo
el cuerpo del amor diestro,
tendido en la cuna radiante,
delicado entre los dos cuernos.

 


Como el toro he nacido para el luto, de Miguel Hernández

Miguel Hernández se había criado en esa España rural e interior en la que el toreo era una forma de entender la vida. Plasmó su pasión por el mundo taurino en muchas ocasiones, pero quizás este poema sea la vez que lo hizo con más acierto y entusiasmo.

Como el toro he nacido para el luto
y el dolor, como el toro estoy marcado
por un hierro infernal en el costado
y por varón en la ingle con un fruto.

Como el toro lo encuentra diminuto
todo mi corazón desmesurado,
y del rostro del beso enamorado,
como el toro a tu amor se lo disputo.

Como el toro me crezco en el castigo,
la lengua en corazón tengo bañada
y llevo al cuello un vendaval sonoro.

Como el toro te sigo y te persigo,
y dejas mi deseo en una espada,
como el toro burlado, como el toro.


 

A Don Pedro Cárdenas, en un encierro de toros, de Luis de Góngora

El celebrado literato del siglo XVI mantenía una estrecha amistad con un picador llamado Pedro Cárdenas. Durante su vida le dedicó varios sonetos a su amigo, todos relacionados por supuesto con el mundo del toreo. Aquí viene uno de ellos:

Salí, señor don Pedro, esta mañana
A ver un toro que en un Nacimiento
Con mi mula estuviera más contento
Que alborotando a Córdoba la llana.

Romper la tierra he visto en su abesana
Mis prójimos con paso menos lento,
Que él se entró en la ciudad tan sin aliento,
Y aún más, que me dejó en la barbacana.

No desherréis vuestro Zagal, que un clavo
No ha de valer la causa, si no miente
Quien de la cuerda apela para el rabo.

Perdonadme el hablar tan cortésmente
De quien, ya que no alcalde por lo Bravo,
Podrá ser, por lo Manso, presidente.


Canción a Pedro Romero torero insigne, de Nicolás Fernández Moratín

Moratín esta considerado como uno de los iniciadores de la poesía taurina. Aunque se practicaba desde hacia muchos años, Moratín la consagró como subgénero dentro de la poesía y ejerció una notable influencia en las generaciones posteriores, sobre todo a nivel de estilo.

Cítara áurea de Apolo, a quien los dioses
hicieron compañera
de los regios banquetes, y ¡oh sagrada
musa! que el bosque de Helicón venera,
no es tiempo que reposes;
alza el divino canto y la acordada
voz hasta el cielo osada,
con eco que supere resonante
al estruendo confuso y vocería,
popular alegría,
y aplauso cortesano triünfante,
que se escucha distante
en el sangriento coso matritense,
en cuya arena intrépido se planta
el vencedor circense,
lleno de glorias que la fama canta.

  Otras quiere adquirir, y así de espanto
y de placer se llena
la Villa que domina entrambos mundos.
Corre el vulgo anhelante, rumor suena,
y se corona en tanto
de bizarros galanes sin segundos
y atletas furibundos
el ancho anfiteatro. Allí se asoma
todo el reino de Amor, y la hermosura
que a Venus desfigura,
y no hay humano pecho que no doma
(baldón de Grecia y Roma),
y en opulencia y aparato hesperio
muestra Madrid cuanto tesoro encierra
corte de tanto imperio,
del mayor soberano de la tierra.

  Pasea la gran plaza el animoso
mancebo, que la vista
lleva de todos, su altivez mostrando,
ni hay corazón que esquivo le resista.
Sereno el rostro hermoso,
desprecia el riesgo que le está esperando;
le va apenas ornando
el bozo el labio superior, y el brío
muestra y valor en años juveniles
del iracundo Aquiles.
Va ufano al espantoso desafío,
¡con cuánto señorío!
¡qué ademán varonil! ¡qué gentileza!
Pides la venia, hispano atleta, y sales
en medio con braveza,
que llaman ya las trompas y timbales.

  No se miró Jasón tan fieramente
en Colcos embestido
por los toros de Marte, ardiendo en llama,
como precipitado y encendido
sale el bruto valiente
que en las márgenes corvas de Jarama
rumió la seca grama.
Tú le esperas, a un numen semejante,
sólo con débil, aparente escudo,
que dar más temor pudo;
el pie siniestro y mano está delante;
ofrécesle arrogante
tu corazón que hiera, el diestro brazo
tirado atrás con alta gallardía;
deslumbra hasta el recazo
la espada, que Mavorte envidiaría.

  Horror pálido cubre los semblantes,
en trasudor bañados,
del atónito vulgo silencioso;
das a las tiernas damas mil cuidados
y envidia a sus amantes;
todo el concurso atiende pavoroso
el fin de este dudoso
trance. La fiera que llamó el silbido
a ti corre veloz, ardiendo en ira,
y amenazando mira
el rojo velo al viento suspendido.
Da tremendo bramido,
como el toro de Fálaris ardiente,
hácese atrás, resopla, cabecea,
eriza la ancha frente,
la tierra escarba y larga cola ondea.

  Tu anciano padre, el gladiator ibero
que a Grecia España opone,
con el silvestre olivo coronado,
por quien la áspera Ronda ya se pone
sobre Elis, y el ligero
Asopo el raudo curso ha refrenado,
cediendo al despeñado
Guadalevín; tu padre, que el famoso
nombre y valor en ti ve renovarse,
no puede serenarse,
hasta que mira al golpe poderoso
el bruto impetüoso
muerto a tus pies, sin movimiento y frío,
con temeraria y asombrosa hazaña,
que por nativo brío
solamente no es bárbara en España.

  ¿Quién dirá el grito y el aplauso inmenso
que tu acción vocifera,
si el precio de tus méritos pregona
la envidia, con adorno a la extranjera,
que dice: «En el extenso
mundo, ¿cuál rey que ciña la corona
entre hijos de Belona
podrá mandar a sus vasallos fieros
(como el dueño feliz de las Españas)
hacer tales hazañas?
¿Cuál vencerán a indómitos guerreros
en lances verdaderos,
si éstos sus juegos son y su alegría?»
¡Oh, no conozca España qué varones
tan invencibles cría!
¡Rogádselo a los cielos, oh naciones!

  Y tú, por quien Vandalia nombre toma
cual la aquiva Corinto
(ni tal vio el circo máximo de Roma),
si algo ofrece a mi verso el dios de Cinto,
tu gloria llevaré del occidente
a la aurora, pulsando el plectro de oro;
la patria eternamente
te dará aplauso, y de Aganipe el coro.


Hasta aquí nuestra selección de poemas sobre la vida. ¿Te han gustado?

Puedes compartir tus reflexiones sobre los poemas o sugerir alguno para incluir en nuestra lista en los comentarios.

También puedes seguir leyendo más poemas cortos.

Artículos relacionados:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *