poemas que tratan sobre la muerte

Hay un dicho latino que dice «La muerte nos iguala a todos».

Es así.

La muerte vendrá algún día a buscarnos. Tanto a nosotros a nuestros como a nuestros seres queridos. Forma parte de la propia vida.

Es uno de los temas recurrentes en la literatura universal. La poesía metafísica es un género literario en sí mismo, realmente amplio.

No solo abarca la muerte cómo acto final de la vida. Los poetas han escrito mucho también sobre cómo la vida se va apagando, o sobre la necesidad de vivir el momento.

Aquí tienes nuestra selección de poemas sobre la muerte para que, al igual que los poetas, puedas dedicar unos minutos a reflexionar sobre esto.

5 Poemas para reflexionar sobre la muerte


Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique

También conocidas cómo las «Coplas a la muerte del maestre don Rodrigo», datan del año 1476.

El poema (o elegía) consta de 40 coplas o estrofas de pie quebrado en las que reflexiona sobre la vida, la muerte, el paso del tiempo..

En las primeras 15 coplas centra su versos en la muerte. Versos muy potentes que marcaron la poesía de los poetas venideros en castellano.

Aquí tienes un fragmento con las tres primeras coplas, pero puedes leerlo completo aquí.


Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando,
cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.

Pues si vemos lo presente
cómo en un punto se es ido
y acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo no venido
por pasado.
No se engañe nadie, no,
pensando que ha de durar
lo que espera,
más que duró lo que vio
porque todo ha de pasar
por tal manera.

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
y consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
y más chicos,
y llegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.


Sólo la Muerte, de Pablo Neruda

Pertenece a su poemario Residencia en la Tierra (1935), y alterna versos de siete, nueve, diez, once, doce e incluso de dieciocho sílabas.

El poema es una construcción brillante de imágenes absolutamente evocadoras con la muerte como protagonista.

Su «respeto» por la muerte fue un tema recurrente en su poesía. Sin embargo, es en este poema en el que lleva esa inquietud al máximo.

Hay cementerios solos,
tumbas llenas de huesos sin sonido,
el corazón pasando un túnel
oscuro, oscuro, oscuro,
como un naufragio hacia adentro nos morimos,
como ahogarnos en el corazón,
como irnos cayendo desde la piel del alma.

Hay cadáveres,
hay pies de pegajosa losa fría,
hay la muerte en los huesos,
como un sonido puro,
como un ladrido de perro,
saliendo de ciertas campanas, de ciertas tumbas,
creciendo en la humedad como el llanto o la lluvia.

Yo veo, solo, a veces,
ataúdes a vela
zarpar con difuntos pálidos, con mujeres de trenzas muertas,
con panaderos blancos como ángeles,
con niñas pensativas casadas con notarios,
ataúdes subiendo el río vertical de los muertos,
el río morado,
hacia arriba, con las velas hinchadas por el sonido de la muerte,
hinchadas por el sonido silencioso de la muerte.

A lo sonoro llega la muerte
como un zapato sin pie, como un traje sin hombre,
llega a golpear con un anillo sin piedra y sin dedo,
llega a gritar sin boca, sin lengua, sin garganta.

Sin embargo sus pasos suenan
y su vestido suena, callado como un árbol.

Yo no sé, yo conozco poco, yo apenas veo,
pero creo que su canto tiene color de violetas húmedas,
de violetas acostumbradas a la tierra,
porque la cara de la muerte es verde,
y la mirada de la muerte es verde,
con la aguda humedad de una hoja de violeta
y su grave color de invierno exasperado.

Pero la muerte va también por el mundo vestida de escoba,
lame el suelo buscando difuntos;
la muerte está en la escoba,
en la lengua de la muerte buscando muertos,
es la aguja de la muerte buscando hilo.

La muerte está en los catres:
en los colchones lentos, en las frazadas negras
vive tendida, y de repente sopla:
sopla un sonido oscuro que hincha sábanas,
y hay camas navegando a un puerto
en donde está esperando, vestida de almirante.


Salmo XVII, de Francisco de Quevedo

Este soneto apareció publicado en su poemario «El parnaso español» (1648) de manera póstuma.

Es, más que un poema sobre la muerte, un poema sobre el desgaste de la vida que termina, irremediablemente, en la muerte.

Es fascinante cómo hace el recorrido el protagonista desde el exterior de una ciudad de «muros cansados» hasta que llega a su «amancillada» casa .

Es clave el contraste que hay entre las descripciones. Mientras que los objetos sienten el paso del tiempo, la naturaleza, que observa cómo ajena, está llena de vida y manifiesta acciones humanas como «beber» o «hurtar».

Culmina mencionado, por fin, a la muerte.

Un soneto maravilloso y uno de los poemas canónicos de la temática metafísica. Para deleitarse una y otra vez.

Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
de la carrera de la edad cansados,
por quien caduca ya su valentía.

Salíme al campo; vi que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados,
que con sombras hurtó su luz al día.

Entré en mi casa; vi que, amancillada,
de anciana habitación era despojos;
mi báculo, más corvo y menos fuerte.

Vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.


Elegía a Ramón Sije, de Miguel Hernández

Esta elegía de Miguel Hernández representa con crudeza y precisión el desgarro que se siente cuando se pierde a un ser querido.

Atraviesa en sus versos todas las fases, desde la negación, la rabia o el deseo irrefrenable de querer devolver al ser querido a la vida..

Hasta que llega a la aceptación.

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracoles
Y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofe y hambrienta

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte
a parte a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte

Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de mis flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irá a cada lado
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas…
de almendro de nata te requiero,:
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.


Pasatiempo, de Mario Benedetti

El poeta uruguayo dedica estos versos al paso de la vida. Es la visión del paso del tiempo, según la edad que tenemos, cómo vemos las mismas cosas de distinta forma. Cómo la muerte es de otros hasta que se avecina y empieza a ser «la nuestra».

Para ello se sirve del océano, símbolo de muerte en la poesía, al igual que el mar o la navegación.


Cuando éramos niños
los viejos tenían como treinta
un charco era un océano
la muerte lisa y llana
no existía

luego cuando muchachos
los viejos eran gente de cuarenta
un estanque era océano
la muerte solamente
una palabra

ya cuando nos casamos
los ancianos estaban en cincuenta
un lago era un océano
la muerte era la muerte
de los otros

ahora veteranos
ya le dimos alcance a la verdad
el océano es por fin el océano
pero la muerte empieza a ser
la nuestra.


Hasta aquí nuestra selección de poemas que hablan sobre la muerte. ¿Te han gustado?

Puedes compartir tus reflexiones sobre los poemas o sugerir alguno para incluir en nuestra lista en los comentarios.

También puedes seguir leyendo más selecciones de poemas aquí.

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