microrrelatos tristes o mleáncolicos que te harán reflexionar

La tristeza es un sentimiento tan personal, qué es difícil saber si todos la sentimos ante las mismas circunstancias o estímulos.

Aún así, seguro que esta selección de microcuentos no te dejará indiferente y de una manera u otra te moverá alguna cosita por dentro.

Te dejamos con ellos. ¡Qué disfrutes la lectura!

El melómano – Eusebio Ruvalcaba

Compra discos, lee biografías de músicos, colecciona programas de mano. Por sus venas circula música. Y muchas veces ama aún más la música que los propios músicos. Pero llora en vez de tocar.

Fundición y forja – Jairo Aníbal Niño

Todo se imaginó Superman, menos que caería derrotado en aquella playa caliente y que su cuerpo fundido, serviría después para hacer tres docenas de tornillos de acero, de regular calidad.

Motivo literario – Mónica Lavín

Le escribió tantos versos, cuentos, canciones y hasta novelas que una noche, al buscar con ardor su cuerpo tibio, no encontró más que una hoja de papel entre las sábanas.

Sin título – Gabriel Jiménez Eman

Aquel hombre era invisible, pero nadie se percató de ello

Sobremesa o fin de mundo – Eloy Tizón 

Hoy después de comer he retirado el mantel, he lavado los platos, y un día estaré muerto.

Los libros, los cigarrillos, tu hijo y sus juguetes, el rostro de tu esposa – Pedro Ugarte 

Estás en casa, y es de noche, y apagas la última luz. Qué extraño: de pronto todo desaparece.

El perro – Anelio Rodríguez Concepción

En el más recóndito paraje del bosque rebulle el perro que todos llevamos dentro, buscando un camino de regreso a casa, el perro herido entre zarzales, el perro abandonado contra la cuneta, de pelambre hirsuta, lengua inerte colgando una rosa chicle, el perro sucio, el perro de azúcar, con su voz ronca, con la voz de las ramas temblando, el perro libre y feliz, libre, feliz, ladrador, perdedor, que todos llevamos dentro.

Sin título – Alejandro Jodorowsky

Un ciego, con su bastón blanco, en medio del desierto llora sin poder encontrar su camino porque no hay obstáculos

Sin título – Gaspar Camerarius

Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach

Carta del enamorado – Juan José Millás

Hay novelas que aun sin ser largas no logran comenzar de verdad hasta la página 50 o la 60. A algunas vidas les sucede lo mismo. Por eso no me he matado antes, señor juez.

Este tipo es una mina – Luisa Valenzuela

No sabemos si fue a causa de su corazón de oro, de su salud de hierro, de su temple de acero o de sus cabellos de plata. El hecho es que finalmente lo expropió el gobierno y lo está explotando. Como a todos nosotros.

El reflejo – Oscar Wilde

Cuando murió Narciso las flores de los campos quedaron desoladas y solicitaron al río gotas de agua para llorarlo.

–¡Oh! –les respondió el río–. Aun cuando todas mis gotas de agua se convirtieran en lágrimas, no tendría suficientes para llorar yo mismo a Narciso: yo lo amaba.

–¡Oh! –prosiguieron las flores de los campos–. ¿Cómo no ibas a amar a Narciso? Era hermoso.

–¿Era hermoso? –preguntó el río.

–¿Y quién mejor que tú para saberlo? –dijeron las flores–. Todos los días se inclinaba sobre tu ribazo, contemplaba en tus aguas su belleza…

–Si yo lo amaba –respondió el río–, es porque, cuando se inclinaba sobre mí, veía yo en sus ojos el reflejo de mis aguas.

Una inmortalidad – Carlos Almira

El poeta de moda murió, y levantaron una estatua. Al pie grabaron uno de los epigramas que le valieron la inmortalidad y que ahora provoca la indiferencia o la risa, como la chistera, el corbatín y la barba de chivo del pobre busto. El Infierno no es de fuego ni de hielo, sino de bronce imperecedero.

Ángeles – Espido Freire

Apostados cada uno en una esquina de la cama le veían cada noche rezar y dormir. Una vez quisieron mostrarse. El niño rompió a gritar y su madre trató de convencerle de que los monstruos no existían. Ellos bajaron la cabeza, avergonzados, y ocultaron su fealdad tras sus alas.

Literatura – Julio Torri

El novelista, en mangas de camisa, metió en la máquina de escribir una hoja de papel, la numeró, y se dispuso a relatar un abordaje de piratas.

No conocía el mar y sin embargo iba a pintar los mares del sur, turbulentos y misteriosos; no había tratado en su vida más que a empleados sin prestigio romántico y a vecinos pacíficos y oscuros, pero tenía que decir ahora cómo son los piratas; oía gorjear a los jilgueros de su mujer, y poblaba en esos instantes de albatros y grandes aves marinas los cielos sombríos y empavorecedores.

La lucha que sostenía con editores rapaces y con un público indiferente se le antojó el abordaje; la miseria que amenazaba su hogar, el mar bravío. Y al describir las olas en que se mecían cadáveres y mástiles rotos, el mísero escritor pensó en su vida sin triunfo, gobernada por fuerzas sordas y fatales, y a pesar de todo fascinante, mágica, sobrenatural.

El Sueño de un Rey – Lewis Carroll

-Ahora está soñando. ¿Con quién sueña? ¿Lo sabes?
-Nadie lo sabe.
-Sueña contigo. Y si dejara de soñar, ¿qué sería de ti?
-No lo sé.
-Desaparecerías. Eres una figura de su sueño. Si se despertara ese Rey te apagarías como una vela.

La soledad – Marco Denevi

Dispuesto a convertirse en el primer orador de la ciudad, se encerró en su casa y a solas, durante muchos años, practicó el arte de la oratoria. Pulía cada frase, cada inflexión de la voz, cada silencio.

Ensayaba ademanes, gestos, pasos. Era capaz de repetir una y mil veces un vocablo hasta que el sonido alcanzase la perfección. Y entretanto se negó a recibir a nadie, a conversar con nadie. Temía que los demás le corrompiesen el estilo, le contagiasen sus trivialidades, sus torpezas de dicción, esas rústicas modulaciones con que habla el pueblo.

Cuando, finalmente, decidió que no le quedaba nada por aprender, salió de su casa, se encaminó al ágora y en presencia de la multitud pronunció su primer discurso. Nadie entendió una palabra. “¿Qué idioma es ese?”, preguntaban los curiosos.

Algunos se rieron, otros le arrojaron piedras, la mayoría se fue a presenciar las exhibiciones de los cómicos.

El fanático de Dios – Ramón Gómez de la Serna

Leía todas las oraciones de todas las biblias, de todos los libros sagrados, rezaba a todos los dioses y era zoólatra, idólatra, politeísta y monoteísta… Todo el día lo dedicaba a todos los cultos.

Y murió, y al entrar en el reino de las sombras se encontró con un Dios que no estaba citado en ninguna de sus teogonías, un Dios extraño y callado que le cogió y le amasó en la masa común, otra vez en el barro común.

 

Hasta aquí nuestra selección de microrrelatos tristes. ¿Te han gustado?

Cómo siempre nos vemos en los comentarios.

También puedes encontrar más literatura breve aquí.

 

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